Ortega
Bueno, supongo que esto es una sala de ensayo; un lugar sucio y tapiado donde uno puede mostrar un poco sus miserias sin la estupidez de tuiter y sin la expectativa de leer en un bar, que vendría a tener una relevancia cultural similar a publicar un libro. Y hablando de publicar, como la editorial que iba a sacar mi primera plaqueta de poesía a mis 35 años se fundió como se funden muchas cosas en este momento y en este país, lo voy a ir compartiendo por acá. Tampoco quiero deslindarme de mis responsabilidades en haberla fundido, porque soy un gran fundidor. Pero anyways aprovecho además el febril clima mundialista que se respira para compartir, en forma esporádica, esta serie de poemas que brotan de la ciénaga de mi más pura emoción, de mis músicas más solemnes y de mis memorias más sublimes, que es desde donde se supone que debe botar la poesía no? Yo creo que sí, o al menos es una hipótesis, como la existencia misma. El libro era sobre un grupejo de jugadores que para mí trascendieron la dimensión meramente humana de la existencia y para mudarse a una dimensión mítica. Ernest Jünger dijo en algún momento que los mitos son algo así como las facetas de Dios que nos afectan, y que Dios no se aleja ni se acerca a los hombres, que mucho menos pueden matarlo o comprenderlo, sino que tiene una serie de embajadas que serían los mitos: se hace presente en los mitos que nos acompañan. Dios sería algo así como la promesa de redención que los enhebra.
ORTEGA
El gran dragón jujeño siempre estuvo ahí.
Ortega no se rindió nunca
ni retrocedió jamás.
“Yo no necesito a nadie que me cuide”, dijo Ortega,
tras gambetear un ejército de gurkas
que se le pegoteaban
con sus kilos de creatina y sus narices respingadas
de hielo, las narices,
sus piernas incapaces de preveer
los enganches del demonio de Ledesma
que astilla caderas de gurkas enfierrados
con olor a caña y cucumelo
y en su espalda todavía
la estela de un látigo
que flamea marcas del almíbar de Ledesma.
Dijo Ortega,
tras pegarle un cabezazo a un avión sea harrier
que le aterrizaba en la cara,
y cansado de los surtidores de nafta,
los periodistas,
las fotos húmedas,
los semáforos,
las divas de Punta del Este,
y los dirigentes
que le palmeaban la espalda en los vestuarios,
Ortega dijo:
“Yo no necesito a nadie que me cuide”
Después, con una reverencia,
besó otra vez a su infancia en el suelo del salar
y llenas sus pupilas de fervor y tierras raras
durmió a la luna del cielo jujeño con el pecho,
y la empaló sutil:
directo al ojo
de una damajuana.


Veo el poema como una reflexión sobre idolatría y autodestrucción: el mito sostiene pero también hiere.
Me encanta el poema. Una pena que Pessoa no lo haya visto jugar. Tal vez escribía uno más lindo. Siga! Siga!