El Gorila Blanco
Una autocrítica
Gorila es aquel que encuentra en el peronismo el origen del padecimiento argentino. El Gorila es, por lo tanto, un arqueólogo de la desdicha. Esta vocación tiene por lo general orígenes familiares. Es casi una religiosidad que se transmite de generación en generación -como el peronismo-. Pero su tasa de reproducción es singularmente alta. Hay pocos gorilas que no sean hijos de gorilas, que a su vez son nietos de gorilas, y el hilo, como las migas de Hansel y Gretel, sigue hasta una profanación originaria perpetrada por el peronismo. Gran parte del comportamiento social se explica por la mera imitación.
El inmenso poder del gorilismo radica en que su estructura mítica es la de una arcadia perdida. Hubo un tiempo que fue hermoso hasta que llegó la peste. Esto le otorga una ventaja crucial con respecto al peronismo, cuyo relato es trágico, sin plenitud posible -por eso la felicidad peronista se cuenta en días- y cuya forma mítica es la memoria -porque la felicidad es un hecho que sólo se dibuja en los vidrios empañados de la memoria-.
El gorilismo es el relato de una arcadia perdida que proyecta una hipótesis sanitaria: para realizarse hay que limpiar. Y el cepillo para limpiar a la república es la ley. Toda la narrativa gorila se basa en que peronismo es un particular tipo de peste que desencadena la perversión o el sabotaje. De hecho, en el mejor de los casos, el peronismo es una “treta del débil” que pudo haber resultado loable pero aún así es de lamentar ya que contenía el germen de la debacle. El peronismo es un lapsus que duró demasiado. Es una adicción, acaso incorregible como dijo el poeta.
Es así que el gorila no combate contra la hipocresía, a la que considera un arma legítima, ni contra los pobres, a los que necesita para diferenciarse de los discursos autoritarios entre los que justamente cuenta al peronismo, ni contra la justicia social, a la cual puede llegar a aspirar. El gorila combate contra la estafa, contra el cortoplacismo y contra la simulación elevadas al estatuto de filosofía de vida. Esto es más profundo que la demagogia. El gorila es un guardián de los procedimientos que se autopercibe como un caballero, dueño de valores nobles que son el fundamento último de la ley.
Lo cierto es que el gorilismo y el peronismo sostienen, en el fondo, dos ideas en pugna no sobre las clases sociales, ni sobre el antagonismo político, ni sobre cómo debería ser la relación entre capital y trabajo, ni sobre el ascenso social, ni sobre la vida democrática, las instituciones, la felicidad del pueblo o la modernidad. La discusión de fondo es sobre la cultura organizacional, sobre la forma de vivir juntos dentro de una organización, sea esta un comercio, un sindicato, una fábrica, un partido político o el mismísimo Estado. El peronismo tiene una visión orgánica, donde lo más importante no es la armonía sino la negociación permanente y descarnada. La puja de intereses. El gorilismo tiene una noción mecánica, reglamentarista, donde el honor se impone al interés, que es aquello que defiende el peronismo. Por eso ellos hablan con el corazón y les responden con el peronismo.
En un caso extremo el reglamento deberá ser aplicado por la fuerza, por más que esta fuerza esté por fuera de la ley, por más que se bombardeen civiles. Para el gorilismo aquello que sana es el reglamento guiado por una ética caballeresca y estamental orientada al crecimiento ordenado y sincero. Para el peronismo sana la negociación arbitrada en última instancia por el poder político cuya fuente última es la amenaza disruptiva de la turba semi organizada. Por eso el Gorila tiene algo cándido de lo que el peronista, vindicativo, carece. Pero el peronista tiene algo pragmático que condena al gorila, defensivo, al fracaso. El peronismo no puede perder sin mutar y deformarse, y queda como una bestia herida, cada vez más tonta a medida que acumula fracasos. El gorilismo permanece siempre fiel a sí mismo, ya que cada derrota confirma su razón histórica y lo reorganiza. El peronismo es Deadpool; el gorilismo es Wolverine.
Morfología del fracaso
El gorilismo blanco es una sensibilidad que se caldea luego de la descomposición de 2001 y la ulterior recomposición. Termina de forjarse tras el pronto y evidente fracaso de la promesa del kirchnerismo. Es una expresión de dolor, una baja pasión que aborrece al macrismo con furor y argumentos isomórficos a los que el gorilismo tradicional utilizaba para aborrecer al peronismo. Los gorilas blancos detestamos al macrismo no por gorila, sino por mostrar el verdadero rostro de un peronismo profesional socialdemócrata. Odiamos lo que hubo de falso y también de simulado en el macrismo, es cierto, pero mucho más lo que tuvo de verdadero. Detestamos que haya sido un peronismo de los favorecidos, porque somos la facción dominada de los favorecidos y conocemos la auto condescendencia de nuestro ethos, su mezquindad profunda, su fariseísmo ciclotímico, su cosmopolitismo anhelante, provinciano y tenaz. El peronismo democratizó ese ethos, expandió el goce de las clases medias, pero el macrismo fue el que vino a forzar la metástasis de esta expansión, cuya sombra es su costado antinacional.
Pero hay más. Como buenos gorilas (blancos) detestamos también al poder corporativo y peronista del macrismo. Detestamos la falta de épica y de amor de su cultura organizacional, no sin ambivalencias. Codiciamos su utopía powerpoint-desarrollista con funnels y KPIs en lugar de conversatorios y plenarios de ATE. Y envidiamos que ellos sí hayan podido mirar a los ojos a su comunidad: los gorilitas precarizados de cuello blanco, los hijos bobos o traviesos de la zona norte, los aspiracionales derretidos de universidad privada, los nano oligarcas que vinieron a conquistar la gran ciudad, las manzaneras de country club, los grasitas de Porto Seguro, los indies de la Di Tella, los emprendedores de locutorio. Los vimos surfear en el mundo privado junto a nosotros, los escuchamos cantar en el gimnasio junto a nuestras madres, rezar en la fila de la aduana de Ezeiza junto a nuestros padres y alardear junto a nosotros en el café antes de la especialidad. Los conocemos. Son un espejo que nos desnuda y nos deforma.
Amamos, sin embargo, la meritocracia de sus bases, en la misma medida en la que detestamos la cultura estatal militante de nuestra oligarquía de empleados administrativos con chequera municipal y armadura moral. Por eso el naufragio del pueblo macrista en las heladas aguas el mundo público nos dio la razón sobre algo en lo que quizás hubiéramos deseado no tener razón, porque hubiéramos querido para ellos un fracaso diferente, un fracaso… épico… o al menos un verdadero fade out. Ni siquiera llegaron a eso: se derritieron como un lemon pie bajo el sol de octubre. Los vimos pasar de Michelle Obama a Karina Milei en un pestañeo y su envilecimiento nos enchastró de dicha y de temor.
En el fugaz éxito macrista sentimos el fulgor de la parte nuestra que más detestamos, y en su fracaso la confirmación de nuestro propio fracaso. Cuanto más regocijo nos produce su descomposición, más se confirma nuestra inadecuación existencial. Hay un punto en que su desaparición nos disgrega y para evitarla intentamos ser resilientes al tik tok, a los pier paolos de la vida, a los analfas de YouTube o a los eruditos de GPT. Aceptémoslo, hermanas del gorilaje blanco: vamos a promptear nuestra jubilación. La sororidad no va a salvarnos.
El macrismo simuló caballerosidad pero fue un mal negociador; simuló apego a la ley pero antes la había torcido a su favor: quedó reducido a un mohín gorila listo para ser embuchado por otro mutante mucho más radioactivo, posperonista y posgorila a la vez. Nosotros, los gorilitas blancos, silenciosos tras nuestros libritos, ruidosos sobre el teclado, encontramos un consuelo módico en su desgracia. Porque militamos aprendimos a despreciar puntillosamente a la militancia, pero oh, quedamos demasiado sensibles como para golpear jubilados o asaltar paralíticos. Tenemos sin embargo un legado que se come frío como la venganza y es suave como la derrota. Nuestro pacto de caballeros, quizás el único, es no sentirnos más que el país, y amarlo cada día más, porque la única forma de conocer a una persona es amarla sin esperanzas. Como dijo el poeta. Ni reformadores ni vanguardia, ni desarrollistas ni turboliberales, ni paranoides ni reventados: somos una plaga de cucarachas voladoras. Tal condición infecciosa nos vincula fatalmente al peronismo. A veces pienso que estamos sepultados. Otras que el gorilismo blanco es, quizás, el grado cero del peronismo del futuro.


Que carta tan expresivamente fantástica para ilustrar el eterno ying-yang del espirítu argentino, la antinomia peronismo-gorilismo (más habitualmente denominado antiperonismo).
Cuando se le concede al gorilismo la virtud de su tendencia a la ética caballeresca y el paladin de los procedimientos, enlaza directamente su genealogía con la tradición europea. Desde el proyecto político de los padres fundadores iluminados por el iluminismo revolucionario frances, pasando a los integrantes de la dirigencia de la Generación del 80' y su admiración a la ética calvinista-protestante anglo-europea, y, ya en los inicios del siglo XX, en una convergencia pluriideológica de los ultranacionalistas germanofilos, radicales que aspiraban a alcanzar la cultura burguesa de clases medias del viejo continente, hasta los socialistas, comunistas y hasta anarquistas clásicos que seguían el Faro del movimiento obrero europeo, todos generaban una fuerza social que ponía a la civilización argentina como la versión más austral de Europa.
Y luego llegó el 17 de octubre de 1945. De repente, esa parte de la sociedad se encontraba con un inconsciente siniestro que aguardaba latente, esperando con actitud acechante para capturar el destino de la patria.
Una forma reactivada de barbarie volvió a poner a la facción de la civilización a reaccionar como si se hubiese visto arrastrado a tomar el papel de un testigo de un horror cósmico sociológico. Oh, el horror.
Al principio, la civilización penso que la meta de hacer emerger a Europa, su desarrollo histórico, se había visto obstaculizada por una anomalía, algo temporal. Un error. Entonces era plausible que la resolución para ello fuese la sanitización cultural. Pero nunca curo. Nunca se corrigió.
"...no son ni buenos, ni malos; son incorregibles”
Lo intento varias veces, de distintas formas, con voto y, siendo sinceros, con armas y el uniforme militar. Pero lo que hallaba era siempre lo mismo: otra vez, su condición latinoamericana lo llevaba a frustrar sus aspiraciones con su realidad. Un Tercer Mundo que entraba en crisis de identidad en su infructuoso intento de hallarse parte del Primer Mundo.
La civilización se dió cuenta de un hallazgo más simple como a la vez profundamente perturbador: eso siempre estuvo ahí. La barbarie. No solo eso: la barbarie es el principio de la civilización, y a ella volverá.
<<Porque polvo eres y al polvo volverás>>
Examinemos ahora las siguientes palabras: "El peronismo no puede perder sin mutar y deformarse, y queda como una bestia herida, cada vez más tonta a medida que acumula fracasos."
Hasta acá queda claro entonces que, el peronismo ha tenido una conexión históricamente cercana con el "más allá", con el Afuera, el Outside, capturando de manera exitosa público de todas las tribus espacio-temporales de fuerzas políticas, sociales, científicas y culturales. Ha utilizado de manera admirable -y bordeante con lo temerario- técnicas y fuerzas solo comparables a "La Cosa" de Jhon Carpenter.
Acá hay 2 posibles posibilidades de las que salgan de este proceso:
-la captura de la autoridad del destino del país a partir de mecanismos de la literatura weird por parte del peronismo empieza a perder fuerza a partir de una pérdida de poder adaptativo-evolutivo y representativo. Osificación. Esclerosis. Temperatura bajo cero. Enfriamiento del universo.
-Algo rompió la jaula y escapo. No has encerrado bien a la criatura. Brecha de contención.
El peronismo se confió tanto de sus talentos que nunca llegó a pensar algo inconcebible: que el gorilismo, tan huidizo al "Afuera", la opresión cognitiva del pueblo "peronista", cayese al propio pozo de la barbarie. El caballero bebiera esa vulgar bebida: Vino tinto en tetrapack. Manaos y pitusas. Choripan. Esto es lo que pasa cuando forzas la justicia social hasta en los nutrientes y alteras el código filo-genético. O mejor dicho, muta en esa alteración también latente.
Un caos grotesco escapó de una sopa fétida de las zonas más brumosas de la economía informal. Los pocos testigos que vieron lo que salió en aquel momento de ese portal inmundo, esa galaxia de plagas solo concebidas por una mente tan retorcida por un Nyarlathotep, afirmaban haber escuchado unas palabras que disparaban sus miedos hasta sus extremos más irracionales, en un idioma que no alcanzaron a reconocer pero que decía algo así:
"On ne tue point les idées"
Un día, la civilización cometió un acto de insensatez, producto de su exposición tan prolongada a los guardianes de la barbarie. Abandono sus finos hábitos, su estética, su lenguaje, y se dió cuenta que estaba en medio del desierto. Al principio fue una situación atroz. Luego se fue calmando. Todo era normal. Se miró su reflejo en un charco de agua y dejo caer una lágrima. Tenía algo en su mirada, una mueca solo posible de encontrar en un salvaje. ¿Era su exposición al desierto lo que hizo esto, o era algo incluso más profundo? El pigmento de su piel lo observaba también distinto. Comprendió entonces aquella vez que se enbraveció cuando alguien tiro un comentario satírico trabajando en esa verdulería de su esquina.
Entonces comprendió. Por una vez, quería que fuera la barbarie la que se pusiera en su lugar. No, ya estaba en su lugar, ella era la civilización ahora. Y esta, ahora barbarie.
La antigua civilización encontro un sentimiento que siempre resistió. Dejaba más seguido su ética de caballerosidad medieval y dejaba paso a un fino resentimiento. Luego, una espantosa pero a la vez fascinante idea comenzo a darle vuelta por la cabeza.
Quería que los representantes de la barbarie comprendiesen lo que se sintió el día que vieron en sus balcones a esos rostros de tez tan distinta.
Y por una vez, ellos, sentir como era poner los pies en el agua de la fuente.
El gorila no tiene huevos. No puede ser nunca Wolverine.